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Viajar en tren en la India no te ofrece opciones de viajes cortos.
De hecho, es toda una experiencia en sí misma ver la India solo en tren. En un viaje de siete, o cuarenta horas, uno tiene una dosis tan extrema de sobrecarga sensorial que es extraño que la gente logre bajarse. Sin embargo, los pequeños pueblos rurales, los festivales, los granjeros y la vida silvestre exótica son, en verdad, solo una parte de la experiencia. Es la gente que encuentras en los trenes lo que te brinda una experiencia única en cada viaje.
Los incontables vendedores que pasan por los pasillos de los vagones son diferentes en cada parada. Venden de todo, desde té hasta cadenas de oro, dulces e incluso peines. Mendigos y trotamundos suben y bajan en varias oportunidades con la multitud de pasajeros. Desde encantadores de serpientes a artistas callejeros, el escenario adentro y afuera de los vagones cambia constantemente.
De todos los trenes de la India, solo uno dejó una huella indeleble en mi mente y pienso en él frecuentemente. En un tren de Nasik a Aurungabad un clan de 30 personas entró brevemente en mi vida. Hombres, mujeres y niños se apiñaron en un ya sobrecargado tren, y rápidamente encontraron donde sentarse.
Vestidos con blusas color teja e índigo brillante, pañuelos en la cabeza y pantalones estrechos de gasa, eran una visión technicolor. Lo más llamativo de esta troupe nómade eran, sin duda, los accesorios que llevaban. Grandes espadas de plata colgadas de los torsos de los hombres, algunos llevaban dagas adicionales, mientras otros apretaban recipientes de latón. Como una moderna tribu de profetas, los hombres viajaban con mujeres sorprendentemente vestidas sin colores. Apagadas batas grises y de color tostado cubrían a las desgastadas mujeres del grupo.
Los niños inmediatamente empezaron a subirse a los portaequipajes que estaban sobre los pasajeros, mientras que las mujeres y las niñas encontraron pequeños espacios en asientos desperdigados aquí y allá. Enfrente de mí y mi amiga, dos chicas regordetas se acurrucaron en el húmedo banco, haciendo a un lado nuestras molestas mochilas. Las cuatro estábamos sentadas cara a cara. Sus pequeñas y sucias manos y sus vestidos eran radicalmente opuestos a los de sus compañeros mayores y sin embargo poseían una belleza de la que ellos carecían.
Mi amiga y yo cuchicheábamos incesantemente, sus miradas sobre nosotras. Debatíamos la duda por antonomasia de todo viajero. Tomar una foto de un cautivante momento íntimo o no, ésa era la cuestión. A solo un brazo de distancia, prácticamente estábamos sentadas encima de las jóvenes nómades, comprimidas en el desbordante vagón. Las chicas empezaron a cuchichear también, duplicando todos nuestros movimientos. Parecían aterrorizadas, pero sus ojos estaban tan llenos de curiosidad como los nuestros.
Los agudos gritos de un enjuto vendedor de dulces rompieron temporalmente la fijación que sentíamos unas hacia otras. Mientras él se abría camino a través de la masa de gente, las chicas desviaron su mirada y la posaron entusiasmadamente sobre su madre, que estaba sentada en el asiento de adelante. Buscando en sus ropas cubiertas de polvo, sacó algunas rupias y se las dio al vendedor, que le entregó a cambio un puñado de dulces gordos y multicolores. Las chicas le arrebataron los dulces y empezaron a comerlos. De pronto, se detuvieron. El dúo nos miró tímidamente y nos extendieron al unísono sus palmas abiertas llenas de dulce y empalagosa bondad. Sintiéndonos abrumadas por ese gesto sincero de amabilidad y amistad, tan notablemente ausente en occidente, aceptamos, inclinando la cabeza en señal de agradecimiento.
Mientras empezábamos a chupar los pequeños dulces, la madre sacó a escondidas otra cosa y se la dio. Ellas la tomaron nerviosamente, echándonos una breve mirada. Después de un rápido codazo, una de ellas lentamente levanta la vista y nos hace un gesto de clic con la mano vacía. Un poco confundidas, miramos su otra mano para ver si nos daba una pista. Allí había una cámara descartable, flamantemente nueva.
La chica tomó la cámara y nos señaló, confiando únicamente en la comunicación no verbal para hacer esta única e importantísima pregunta. Nosotras nos miramos completamente asombradas. Todo este tiempo ellas habían querido lo mismo que nosotras: una foto, solo para recordar a las chicas extranjeras. Así que nos arreglamos casualmente nuestro cabello, nos acercamos un poco más y sonreímos para la cámara. |  |  | MARCAR ESTE ARTÍCULO PARA REVISO |  |
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