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Experiencia de una mujer soldado en Irak
Gin Marie
Estados UnidosGALERÍACONVERSACIÓN
Mientras esperábamos bajo el ardiente sol, el portón empezó a abrirse poco a poco. Primero fue solo una pulgada, y se quedó así por...
Hacía mucho calor y usábamos los uniformes de siempre: pantalones, camiseta, chaqueta camuflada, chaleco y casco. Después de un rato con esa vestimenta, parece que traspasaste la barrera del sudor. No “brillas”, goteas. Te derrites. Puedes sentir cómo las gotas que se forman en tu cuero cabelludo se deslizan hasta la parte baja de la espalda. El sudor corre por tu cara y, como la mayor parte de tu uniforme está cubierto por el chaleco, no lo toca nada de aire.
Cuando volví a mirar al portón, había ocho dedos en el borde y un ojo oscuro que espiaba. Saludé con la mano, y apareció la cara de una pequeña niña. El cabello oscuro rizado y el rostro con forma de corazón, tenía alrededor de diez años y usaba un vestido de terciopelo púrpura con una camiseta rosa debajo. Me saludó, y yo volví a saludarla. Dio una pequeña risita y se escondió. Después, reapareció y saludó un poco más.
Oí voces detrás de mí y me di vuelta para encontrar a la niña acompañada por otra niña y un niño. Saludaron y, tímidamente, dieron un paso adelante. Averigüé que la primera niña se llamaba Rania y que su tímida hermana mayor se llamaba Rahel. Probablemente, estoy asesinando la ortografía. Mientras me presentaban a su hermano, un niño robusto llamado Usama –“bin Laden”, agregó descaradamente– apareció otra hermana, mayor y simplemente hermosa.
En fin, esta hermana se llamaba Raher –otra vez estoy segura de no haberlo escrito bien– y hablaba algo de inglés. Quería saber cuándo podría regresar a la universidad. Los niños se agruparon a nuestro alrededor, Rania se abanicaba y nos miraba con simpatía. El sudor corría por el rostro de todos.
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